Un fuerte pinchazo me atravesó el torso por completo, como si me hubiesen clavado una vieja lanza astillada en el corazón. Me lleve una mano al pecho, tratando de frenar el dolor que sentía.
La cabeza me daba vueltas, la habitación comenzó a girar sin control en torno a mí. Pronto acabaría desmayándome, y quedaría a merced del Diablo, probablemente sufriría el mismo final que había sufrido Lillith, solo que yo estaría inconsciente y no sentiría nada en absoluto…
Una voz comenzó a retumbar en mis tímpanos, sonaba lejana, turbia. Me resultaba imposible descifrar quien era el dueño, no podía distinguir el tono, ni mucho menos las palabras que repetía una, otra y otra vez.
Mis oídos retumbaban.
Una niebla parecía cubrir toda la atmósfera a mi alrededor.
Hasta el momento en que el volumen ascendió y logré a distinguir aquellos gritos.
Gritaban mi nombre.
Mi mujer gritaba mi nombre.
Pero aquello era imposible, ella estaba muerta. Tenía su cadáver ante mí, su cuerpo inerte reposaba en una butaca que estaba situada a pocos metros de donde me encontraba. Bastaba con mirar al frente para comprobarlo.
Y, aquello hice, volví a mirar a la butaca, y…
Lillith estaba sentada sobre ella, con su camisa desabrochada, dándole el pecho al bebé. Mostraba desconcierto y me miraba con preocupación, mientras continuaba gritando mi nombre.
Como comprenderá, doctor Thomas, aquello hizo que otro fuerte pinchazo atravesase mi esternón, casi tan fuerte como el anterior. Incluso más, me atrevería a decir.
Sí, me alegraba saber que ella estaba viva, que nada de aquello que había visto había sucedido realmente.
Pero me asustaba el hecho de verla viva de nuevo, de tenerla frente a mi absolutamente ilesa. También me asustaba ver que el bebé mostraba un aspecto totalmente normal, el aspecto que presentaba siempre, que presentaría cualquier bebé común y corriente.
¿Qué demonios había sido todo aquello? ¿Acaso lo había imaginado? ¿Acaso todo aquello había sido producto de mi mente, una simple alucinación? ¿Una escena que el terror había montado en mi subconsciente?
No, todo aquello era imposible.
No podía haberlo imaginado, no podían haber sido alucinaciones. Todo había sido demasiado real.
Alcé una mano para calmar a Lillith y callar sus gritos. El fuerte mareo que sentía pronto fue acompañado por unas terribles nauseas que me obligaron a ir directo al baño. Resistiendo las arcadas, me arrodille frente a la taza del váter y vomité entre espasmos y temblores.
Sin duda alguna, aquel día estaba resultando ser el peor día de mi vida.
Después de expulsar todo mi contenido estomacal a través de la boca, me levanté del suelo, dolorido y agotado, aún desconcertado por lo ocurrido anteriormente en la habitación. El miedo recorría cada milímetro de mi organismo, no sabia cuanto más necesitarían mi organismo para sufrir un ataque al corazón y, la verdad, no quería comprobarlo. Fui hacia la pila, observando mi rostro en el gran espejo que se situaba sobre ella.
Hasta yo mismo sentía lástima por mi aspecto.
Estaba hecho polvo.
Abrí el grifo, y, formando un cuenco con mis manos, empapé mi cara con agua caliente. Repetí el proceso un par de veces mas, alcancé la toalla y me sequé suavemente.
Lillith apareció detrás de mí con el bebé en brazos. Estaba al borde de lágrimas, me miraba como si de un momento a otro pudiese estallar en mil pedazos. Traté de tranquilizarla, le dije que todo iba bien, que no ocurría nada, que debía de estar incubando algún tipo de virus gástrico que me había provocado los mareos y las nauseas. No pareció creerme, de hecho, estoy seguro de que no me creyó en ningún momento. Aquello que le había dicho no explicaba en absoluto mi comportamiento en la habitación minutos antes, pero, tras un breve interrogatorio, aceptó mi versión de los hechos.
A regañadientes y sin creer ni una palabra, como ya he dicho, pero, así y todo, la aceptó.
Le di la espalda para volver a mirarme en el espejo, tratando de aparentar serenidad y calma.
Al observar mi reflejo, descubrí que no era el único que había decidido echarle un vistazo a aquel cristal pulido.
Lillith se dirigía hacia la puerta del baño, situada justo a mi espalda, para salir de la estancia y buscar un par de medicamentos que, dijo, me sentarían genial para el estomago.
El Diablo asomaba sobre su hombro, mostrando aquellas fauces que antes había utilizado para desgarrar el cuerpo de su madre, incluida la parte del cuerpo sobre el que ahora se estaba asomando. Sus facciones, además de ser horribles y monstruosas, se habían contorsionado y habían formado una curva sobre sus labios, enseñando todos aquellos dientes grandes y puntiagudos, desgastados, amarillentos y sucios.
El Diablo me estaba sonriendo.
Se sentía plenamente feliz.
Y seguía mostrando la misma frialdad en sus ojos, ahora tan grandes y redondos como pelotas de ping-pong, mientras se alejaba de la estancia en brazos de mi mujer.
La realidad se cernió sobre mí, descargando todo su peso sobre mis hombros, mi cuello, mi cabeza. Comprendí que todo aquello que había sucedido minutos antes no habían sido alucinaciones, ni había sido producto de mi imaginación.
No, él lo había hecho, el había matado a mi mujer.
Pero lo había hecho dentro de mi mente.
Estaba jugando conmigo, jugaba en su terreno, en mi subconsciente, estaba torturándome desde el centro de mi propio cerebro. No había ninguna manera en la que yo pudiese alzarme victorioso en aquel juego, no podía ganar de ninguna forma.
Así que, no podía hacer más que esperar a que llegase mi derrota.
Y, con ella, probablemente, mi propia muerte…


