miércoles 28 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte V)


Un fuerte pinchazo me atravesó el torso por completo, como si me hubiesen clavado una vieja lanza astillada en el corazón. Me lleve una mano al pecho, tratando de frenar el dolor que sentía.
La cabeza me daba vueltas, la habitación comenzó a girar sin control en torno a mí. Pronto acabaría desmayándome, y quedaría a merced del Diablo, probablemente sufriría el mismo final que había sufrido Lillith, solo que yo estaría inconsciente y no sentiría nada en absoluto…
Una voz comenzó a retumbar en mis tímpanos, sonaba lejana, turbia. Me resultaba imposible descifrar quien era el dueño, no podía distinguir el tono, ni mucho menos las palabras que repetía una, otra y otra vez.

Mis oídos retumbaban.
Una niebla parecía cubrir toda la atmósfera a mi alrededor.
Hasta el momento en que el volumen ascendió y logré a distinguir aquellos gritos.
Gritaban mi nombre.
Mi mujer gritaba mi nombre.
Pero aquello era imposible, ella estaba muerta. Tenía su cadáver ante mí, su cuerpo inerte reposaba en una butaca que estaba situada a pocos metros de donde me encontraba. Bastaba con mirar al frente para comprobarlo.
Y, aquello hice, volví a mirar a la butaca, y…

Lillith estaba sentada sobre ella, con su camisa desabrochada, dándole el pecho al bebé. Mostraba desconcierto y me miraba con preocupación, mientras continuaba gritando mi nombre.

Como comprenderá, doctor Thomas, aquello hizo que otro fuerte pinchazo atravesase mi esternón, casi tan fuerte como el anterior. Incluso más, me atrevería a decir.
Sí, me alegraba saber que ella estaba viva, que nada de aquello que había visto había sucedido realmente.
Pero me asustaba el hecho de verla viva de nuevo, de tenerla frente a mi absolutamente ilesa. También me asustaba ver que el bebé mostraba un aspecto totalmente normal, el aspecto que presentaba siempre, que presentaría cualquier bebé común y corriente.

¿Qué demonios había sido todo aquello? ¿Acaso lo había imaginado? ¿Acaso todo aquello había sido producto de mi mente, una simple alucinación? ¿Una escena que el terror había montado en mi subconsciente?
No, todo aquello era imposible.
No podía haberlo imaginado, no podían haber sido alucinaciones. Todo había sido demasiado real.
Alcé una mano para calmar a Lillith y callar sus gritos. El fuerte mareo que sentía pronto fue acompañado por unas terribles nauseas que me obligaron a ir directo al baño. Resistiendo las arcadas, me arrodille frente a la taza del váter y vomité entre espasmos y temblores.

Sin duda alguna, aquel día estaba resultando ser el peor día de mi vida.

Después de expulsar todo mi contenido estomacal a través de la boca, me levanté del suelo, dolorido y agotado, aún desconcertado por lo ocurrido anteriormente en la habitación. El miedo recorría cada milímetro de mi organismo, no sabia cuanto más necesitarían mi organismo para sufrir un ataque al corazón y, la verdad, no quería comprobarlo. Fui hacia la pila, observando mi rostro en el gran espejo que se situaba sobre ella.
Hasta yo mismo sentía lástima por mi aspecto.
Estaba hecho polvo.
Abrí el grifo, y, formando un cuenco con mis manos, empapé mi cara con agua caliente. Repetí el proceso un par de veces mas, alcancé la toalla y me sequé suavemente.  

Lillith apareció detrás de mí con el bebé en brazos. Estaba al borde de lágrimas, me miraba como si de un momento a otro pudiese estallar en mil pedazos. Traté de tranquilizarla, le dije que todo iba bien, que no ocurría nada, que debía de estar incubando algún tipo de virus gástrico que me había provocado los mareos y las nauseas. No pareció creerme, de hecho, estoy seguro de que no me creyó en ningún momento. Aquello que le había dicho no explicaba en absoluto mi comportamiento en la habitación minutos antes, pero, tras un breve interrogatorio, aceptó mi versión de los hechos.
A regañadientes y sin creer ni una palabra, como ya he dicho, pero, así y todo, la aceptó.

Le di la espalda para volver a mirarme en el espejo, tratando de aparentar serenidad y calma.
Al observar mi reflejo, descubrí que no era el único que había decidido echarle un vistazo a aquel cristal pulido.
Lillith se dirigía hacia la puerta del baño, situada justo a mi espalda, para salir de la estancia y buscar un par de medicamentos que, dijo, me sentarían genial para el estomago.
El Diablo asomaba sobre su hombro, mostrando aquellas fauces que antes había utilizado para desgarrar el cuerpo de su madre, incluida la parte del cuerpo sobre el que ahora se estaba asomando. Sus facciones, además de ser horribles y monstruosas, se habían contorsionado y habían formado una curva sobre sus labios, enseñando todos aquellos dientes grandes y puntiagudos, desgastados, amarillentos y sucios.

El Diablo me estaba sonriendo.
Se sentía plenamente feliz.
Y seguía mostrando la misma frialdad en sus ojos, ahora tan grandes y redondos como pelotas de ping-pong, mientras se alejaba de la estancia en brazos de mi mujer.

La realidad se cernió sobre mí, descargando todo su peso sobre mis hombros, mi cuello, mi cabeza. Comprendí que todo aquello que había sucedido minutos antes no habían sido alucinaciones, ni había sido producto de mi imaginación.
No, él lo había hecho, el había matado a mi mujer.
Pero lo había hecho dentro de mi mente.
Estaba jugando conmigo, jugaba en su terreno, en mi subconsciente, estaba torturándome desde el centro de mi propio cerebro. No había ninguna manera en la que yo pudiese alzarme victorioso en aquel juego, no podía ganar de ninguna forma.
Así que, no podía hacer más que esperar a que llegase mi derrota.

Y, con ella, probablemente, mi propia muerte…

viernes 23 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte IV)


Recuperé la compostura. Me levanté, aún temblando por lo sucedido minutos antes, y caí en la cuenta de que Lillith no podía ver aquel estropicio. Así que fregué el parqué de la habitación a conciencia, tan rápido como pude, evitando mirar a la cuna, ignorando por completo al bebé que dormitaba en ella, tratando de controlar mis temblores.
No se había inmutado, ni siquiera un poco, pese a que había gritado con todas mis fuerzas.
Pese a que los gritos casi habían hecho vibrar todas las paredes de la casa.
Él dormitaba tranquilo, como si todo aquello no le hubiese perturbado en absoluto.
Cuando terminé con el parqué, fui directo al baño, me desnudé y me duché con agua fría, tratando de que se me despejaran las ideas de una vez por todas. Las piernas me escocían una barbaridad allí donde me había clavado las uñas. Rasguños profundos surcaban las espinillas casi en su totalidad.

Pero aquello no me importó en absoluto, tenía cosas más importantes en las que pensar en ese momento.

No podía dejar que Lillith encontrase los pantalones empapados en orina, así que los enrollé en una toalla, planeando deshacerme de ellos después.
Me vestí con lo primero que encontré en el armario, saque uno de mis maletines, uno de los que utilizaba para guardar mis documentos de trabajo, y metí dentro la prueba a eliminar. Si todo salía bien, Lillith jamás se enteraría de lo que había ocurrido mientras ella estaba fuera.
Justo cuando terminaba de cerrar las hebillas, oí como cruzaba la puerta de entrada a la casa. Con un pretexto rápido, diciendo que me habían llamado de la oficina para firmar unos documentos y dar el visto bueno a un par de proyectos pendientes, le di un beso y, sin darle tiempo siquiera a contestar, cerré tras de mí la puerta de casa.

Me apoyé sobre ella unos instantes, recuperando el aliento, calmándome tanto como pude calmarme, y salí en dirección a los contenedores de basura. Sin parar ni un segundo, llegué frente a uno de ellos, miré en todas las direcciones en busca de algún curioso, de algún conocido que, probablemente, quisiese saber más de la cuenta si me veía sacando el pantalón envuelto en la toalla del maletín y arrojándolo después a la basura.
No había ni un alma, así que abrí mi maletín, arroje su contenido al contenedor y seguí mi camino.

No podía volver a casa, puesto que, supuestamente, me había ido al trabajo y apenas hacia cinco minutos que había salido por la puerta de casa, así que, para que la mentira se sostuviese, fui al garaje, me subí al todoterreno y estuve dando vueltas por la ciudad durante más de dos horas y media.
Realmente, con media hora, una hora a lo sumo, me hubiese bastado para volver a casa sin levantar ninguna sospecha. Pero no quería volver a casa, de hecho, en aquellos momentos era el último sitio de la Tierra al que quería volver. Habría sido mas feliz incluso si el lugar al que tenia que regresar hubiese sido el orfanato de mi infancia.
Pero tenia que volver, así que, me arme de valor, aparqué el todoterreno de nuevo en el garaje y, respirando hondo, me dirigí a la puerta de casa y la abrí, fingiendo una tranquilidad que ni mucho menos sentía realmente. Tenía los nervios de punta.

Crucé el umbral y me asomé a la habitación de matrimonio, y lo que encontré dentro hizo que el corazón se me retorciese hasta el punto de sentir que jamás volvería a latir.

Lillith yacía recostada sobre una de las butacas de nuestra habitación, con el torso completamente desnudo. Su cabeza reposaba inerte sobre uno de sus hombros, con la mirada clavada en el parque que tenía a sus pies.
No parpadeaba.
Ni siquiera respiraba.
El Diablo se hallaba sobre ella, despellejando su cuello, sus pechos, su tripa.
Estaba descuartizándola utilizando únicamente su boca.
En uno momento dado, cuando arrancó un trozo de piel particularmente largo, giró parcialmente su cara hacia mi posición, entonces pude vislumbrar su rostro durante unos instantes.
Sus facciones se habían contorsionado hasta el punto de no parecer humanas en absoluto, y su pequeña mandíbula se había ensanchado, dislocado y deformado, dando paso a unas fauces verdaderamente aterradoras.

Había sangre por todas partes.
Trozos de piel y músculo se esparcían sobre el cadáver de mi mujer, sobre la butaca y sobre el parqué, haciendo aún más tétrica la situación que en aquellos momentos estaba viviendo, sin poder creerlo, sin querer creerlo.

En la habitación reinaba un silencio sepulcral, tan sólo roto por los aberrantes sonidos que producía el Diablo al despedazar y masticar los trozos que arrancaba de su victima, la mujer a la que juré amar hasta el fin de mis días, de nuestros días…
Y ahora se encontraba allí, con el pecho completamente en carne viva, siendo devorada por la criatura a la que había dado a luz hacía menos de una semana.

lunes 19 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte III)


Mis sollozos se hacían cada vez mas audibles, mientras las lágrimas brotaban y brotaban sin descanso, impregnándose en los camales del pantalón, mezclándose con la orina que previamente los había bañado. Gemía y gemía cada vez más fuerte, los llantos retumbaban en cada pared de la habitación, en cada rincón de la casa.
Gritaba de horror, gritaba de pánico, gritaba de frustración.
Cada grito desgarraba mi garganta, la hacia arder, como si me estuviesen obligando a tragar hierros candentes.

Y lloraba, lloraba sin cesar.

Me aferraba ambas piernas con las manos, clavando los dedos y las uñas sobre ellas, desgarrándome la piel. Intenté tranquilizarme, recuperar la compostura, tratar de serenarme antes de que Lillith volviese a casa y me encontrase en aquel estado tan deplorable. Montones de imágenes de momentos vividos se aglutinaban en mi cabeza, recuerdos de cuando vivía en aquel orfanato, cuando vivía en aquel infierno...
En un segundo, todas aquellas imágenes agolpadas en los límites de mi memoria se echaron a un lado, para dar paso a un recuerdo que había tardado años en enterrar en lo más profundo de mi subconsciente...
El peor recuerdo que conservo, y que, por más que lo desee con todas mis ganas, jamás podré olvidar. 

Y, mi mayor castigo, es que lo recuerdo como si todo hubiese sucedido ayer mismo.

Me encontraba en unos aseos públicos, sucios y mugrientos, infestados de cucarachas y de nidos de ratas. El ambiente era sofocante, un hedor horrible envolvía todos y cada uno de los rincones de la estancia, ruinosos y destrozados. En el rincón mas alejado de la entrada, estaba yo, sentado en el suelo tras una esquina que me ocultaba completamente.
Aquel era el escondite perfecto.
O, al menos, eso creía.
Estaba recostado contra una pared, apretando mis manos contra el pecho mientras lloraba en silencio, de forma casi inaudible. Mi cabeza había sido rapada casi al cero por alguien que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, tenía montones de trasquilones, zonas irritadas y algún que otro corte sin desinfectar. Mis manos también mostraban símbolos de violencia, tenia las uñas completamente moradas, tres nudillos rotos y varias quemaduras de cigarrillo aun por cicatrizar.

Sin previo aviso, la puerta de entrada se abrió con violencia, provocando un fuerte estruendo al chocar contra la pared. Media docena de individuos con la cara borrosa entraron y se dirigieron directamente hacia el escondite, hacia mi escondite.
Me encontraron allí, tendido como un bebé.
Y no mostraron clemencia alguna al verme.

Todo lo contrario.

Dos de ellos se rieron de mí, siendo todo lo hirientes y humillantes que podían llegar a ser, otro me insultó de forma basta, soez y explícita, sin preocuparse por la edad que yo debía tener en aquel momento. El cuarto me escupió en la coronilla y golpeó con su mano abierta sobre ella, restregándome bruscamente la flema sobre la cabeza, mientras que el quinto abofeteó mis orejas con ambas manos varias veces, como si estuviese aplaudiendo sobre ellas.
El sexto, que hasta ahora se había limitado a mirar mientras terminaba de fumar su cigarrillo, me agarró de un brazo, me levantó y me zarandeó salvajemente, para después lanzarme directamente contra la pared. Reboté con fuerza contra ella, recibiendo un fuerte impacto en la nariz y en la frente, y, en mi trayecto hacia las frías losas que cubrían el suelo, alguno de ellos me golpeó con su rodilla en la mandíbula. Antes de terminar la caída, ya estaba inconsciente.

Lo recuerda usted también, ¿verdad, doctor Thomas?
Sí, seguro que lo recuerda. Debo de haberle descrito esta escena un millón de veces a lo largo de todas las sesiones en las que usted me trató como psicólogo.
Sobre todo, le intrigaba el hecho de que no pudiese recordar sus rostros, que apareciesen borrosos, que no hubiese manera de darles una forma definida.
Pues bien, en aquel momento, durante unos instantes, se volvieron parcialmente nítidos.
Pero no conseguí distinguir sus caras, no pude.
Porque pude distinguir cierto detalle en todos ellos, pude ver algo que todos ellos tenían en común.
Y aquello que vi me hizo volver a la realidad a una velocidad realmente escalofriante, abandonar aquel recuerdo lo más rápido posible.
Todos y cada uno de ellos tenían los ojos penetrantes de mi hijo.
Seis pares de ojos verdes, fríos como el hielo, que me miraban fijamente mientras disfrutaban con mi sufrimiento, con mi dolor.

Tiene gracia, ¿no?
Al fin y al cabo, siempre he pensado que aquel orfanato era el infierno y, fíjese, resulta que mi hijo es el Diablo, ni más ni menos.

lunes 5 de octubre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte II)


Pasados tres días, habíamos vuelto a la calidez de nuestro acogedor hogar con esa pequeña criatura con nosotros. No había vuelto a sentir nada parecido a lo que sentí aquel día, lo cual me tranquilizaba casi por completo, pero… 

Pero no podía olvidarlo, por más que quería, no podía borrarlo de mi memoria.
Y, tal y como me temía, volvió a suceder.
Mi mujer, Lillith, había salido a comprar una larga lista de cosas para el bebé, ya sabe, pañales, polvos de talco, toallitas y cosas por el estilo. Me ofrecí para ir a comprarlo todo yo, pero, bueno, nunca he sido bueno para hacer compras. La verdad, siempre he pensado que cualquier producto es siempre el mismo, independientemente de las marcas que quieran darle, que la única diferencia es el envase. Pero Lillith no piensa así, así que, para ahorrarnos discusiones, ella se encarga de hacer todas esas cosas.
Sin mediar palabra alguna, ella salió, y yo me quedé solo en casa con el pequeño.
Casi obligándome a ello, decidí ir a echarle un vistazo, comprobar que estaba bien y que no había ningún problema.
Entré en nuestra habitación, me asomé a la cuna que habíamos situado cerca de la cama de matrimonio, y entonces…

Entonces mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos, con aquellos fríos ojos verdes, solo que esta vez yo…
No pude apartar la mirada.
Y, doctor, le juro que es cierto, le juro que lo vi, le juro que no me he vuelto loco.
Le juro que en el rostro de mi hijo…
Le juro que en el rostro de mi hijo vi al mismísimo Diablo.
Vi al Diablo.
Y el Diablo me devolvía la mirada.
Impasible, tranquilo, serio.

Noté como se secaba dolorosamente mi garganta mientras ahogaba un terrible grito, como se contraían todos los músculos de mi cuerpo y se me nublaba completamente la cabeza.
Noté una fuerte presión en el pecho. Mis pulmones se oprimieron hasta el punto de hacerme sentir dolor.
Apenas podía respirar.
Intenté tragar saliva, pero me resultó completamente imposible.
De nuevo, mi cuerpo se vio atacado por un escalofrió…
Seguido por otro, y otro, y otro más…
Sentía que me asfixiaba.
No podía parar de hiperventilar.
Mis piernas comenzaron a tambalearse, y comenzaron a flaquearme las fuerzas.
Me resultaba imposible mantenerme de pie, pero, debía mantenerme de pie, sin alejarme de la cuna.

Porque no podía dejar de mirar aquellos ojos.
No podía dejar de mirar al Diablo.
No podía.
Por más que quería, no podía.

Comencé a temblar con fuerza.
Los escalofríos no cesaban, es más, cada vez eran más fuertes, parecían auténticas descargas eléctricas. Un sudor helado comenzaba a recorrer todo mi cuerpo, y tal era el pánico que se había apoderado de mí, que ni siquiera podía pensar, apenas podía mantener la consciencia.
Necesitaba largarme de la habitación para huir de aquellos ojos, de aquel rostro, de aquel bebé
Para huir de mi hijo.
Para huir del Diablo.
Realmente, lo necesitaba.
Pero…
Pero no podía hacerlo.

Apenas unos segundos después, perdí por completo el equilibrio que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, trataba de mantener con toda mi voluntad.
No, estoy mintiendo, no fue así, no exactamente.
No trataba de mantener el equilibrio con toda mi voluntad, no.
Trataba de mantenerlo CONTRA toda mi voluntad, sí, ahora sí estoy diciendo la verdad.
Tras perder el equilibrio, comencé a tambalearme de un lado a otro, y el contacto visual se rompió al fin.
Mi trasero aterrizó firmemente en el suelo, haciendo un ruido sordo, apenas audible.
Completamente aterrorizado, comencé a arrastrarme de espaldas, apoyándome en las palmas de las manos, evitando por todos los medios posibles mirar hacia la cuna. Lo hacia rápidamente, temiendo que el Diablo pudiese bajar de la cuna y venir a por mí.
Venir a por mí y atacarme sin piedad, como una bestia feroz y primitiva.

Jadeando y siguiendo mi camino sobre la alfombra, di con la espalda en la pared de la habitación, pero aun así, no podía parar de arrastrarme, pese a que no podía llegar más lejos. Un rastro de orina me había acompañado durante todo el trayecto hasta la pared. Sí, me había orinado encima, el terror era tal que ni siquiera pude controlar mi vejiga, y mis pantalones estaban totalmente empapados de ese líquido caliente y amarillento. Por fin, asumí que ya no iba a poder moverme más, que no iba a atravesar la pared por mucho que lo intentase. Me rendí al cansancio, abracé mis rodillas, ocultando mi cara tras ellas y…
Y lloré, lloré como nunca jamás había llorado.
Ni siquiera en aquellos años tan traumáticos que pasé en el orfanato.

Nunca, nunca, nunca en mi vida había llorado de esa manera.

domingo 20 de septiembre de 2009

"Edward Francis Gillen" (Parte I)


Querido doctor Thomas:

En primer lugar, le ruego que me disculpe por no llamarlo Frank, tal y como usted desea que ser llamado, pero, compréndame, siempre lo veré como al hombre que cambió mi vida, que consiguió hacerme sentir verdaderamente feliz…
No me siento bien llamándole por su nombre de pila, para mí sería como insultar directamente a su persona.

Seguidamente, y como en todas las ocasiones en las que tengo oportunidad de hacerlo, le daré de nuevo las gracias por haberme ayudado tanto cuando fue mi psicólogo, usted hizo que afrontase, superase y enterrase en el pasado todos mis problemas y traumas infantiles, adquiridos casi en su totalidad en aquel infierno al que llamaban orfanato…
Gracias a usted, conseguí cerrar las puertas a todo el miedo que me infundaban aquellos recuerdos, sobre todo aquellos maltratos, tanto físicos como psicológicos. Usted consiguió que yo pudiese convertirme en el hombre honrado que hoy me enorgullezco de ser, sin usted, no podría haber logrado alcanzar ninguno de mis objetivos.

Ahora, sin más dilación, voy a explicarle el motivo por el cual le escribo esta carta, la cual deseo que responda con la mayor brevedad posible.
¿Recuerda que hace cuatro años me casé con aquella chica, la que fue mi novia desde mi primer año de facultad?
Si, seguro que lo recuerda, de hecho, sigo pensando que a usted nunca se le olvida (ni se le olvidará) nada en absoluto, Doctor Thomas.
Debo decirle que lamenté muchísimo que no pudiese aceptar nuestra invitación para asistir a la boda, lástima que aquel congreso de medicina en Essex cayese justo en la misma fecha.
Digamos que nuestro matrimonio fue todo un éxito, y fruto de ese éxito, nació un niño hace apenas cuatro meses. Pensará que no hago mas que andarme por las ramas, que ese defecto mío (aunque usted no quiera llamarlo defecto, los dos sabemos que no es precisamente una virtud) sigue a flor de piel, haciéndome parecer un monologuista.
Pero, la cuestión es…
La cuestión es que quiero hablarle de mi hijo.

La verdad es que el embarazo fue como la seda, el feto apenas dio problemas mientras se desarrollaba durante los nueve meses de gestación, es más, el parto de mi mujer fue considerado un éxito por los médicos que la asistieron, no hubo complicación alguna.
De hecho, el niño nació apenas una hora después de llegar al hospital, hora y media después de romper aguas mientras veíamos una película en nuestra sala de estar.
Rato después de nacer, en la sala neonatal, me asome por aquel impecable cristal que flanqueaba la estancia para ver a nuestro retoño. Allí estaba él, al alcance de mi vista, tumbado en aquella gran cuna que lo hacia parecer realmente diminuto. A los pies de dicha cuna, había un cartelito que rezaba “Edward Francis Gillen”, el nombre que habíamos decidido darle.
Le parecerá una locura lo que voy a escribir ahora mismo, le parecerá que deben de faltarme varios tornillos, pero…

Pero, juraría que se fijó en mí.

Tenía aquellos fríos ojos verdes clavados en el techo, y, entonces, se fijó en mí.
Volvió sus ojos hacia los míos.
Y, durante los pocos segundos en los que nos miramos el uno al otro, le juro que sentí un fuerte escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Sí, aquellos ojos gélidos se clavaron en los míos como si de cristales rotos se trataran. Mi corazón dio un vuelco, y aparté la mirada sin pensarlo un solo segundo. Cuando volví a mirar, él dormía plácidamente, con sus diminutas manos agarrando la sabana que cubría aquel pequeño colchón.
He hablado con montones de padres y, al preguntarles sobre lo que me sucedió en la sala neonatal, no supieron responderme, es más, algunos actuaban con auténtica sorpresa, como intentado asimilar que yo, realmente, les estaba haciendo aquella pregunta.
El resto, simplemente, apuntó a que todo aquello formaba parte del proceso de adaptación de todos los que habían sido padres por primera vez.
Doctor Thomas, créame, estoy completamente seguro de que eso no tiene nada que ver con lo acontecido hace cuatro meses en aquella sala neonatal, porque…

Porque la historia no ha hecho más que empezar, realmente.

viernes 11 de septiembre de 2009

"Realidad"


Antes de nada, me gustaría dar la bienvenida a todo aquel que este leyendo estas líneas, gracias por entrar al blog y visitarnos, es, realmente, todo un honor para nosotros.
Bienvenidos a "The Backyard Brothel".
También decir que este blog lo llevamos dos personas, Raquel Pozo y yo mismo, Pedro Blasco.
Nuestra principal idea para dicho blog es que sea un pequeño rincón donde poder almacenar nuestras historias, relatos, textos inconexos, frases simples, poesías…
Y donde la gente pueda leer, disfrutar, sentir y opinar sobre todo lo que escribimos y publicamos, aunque, claro, esto último no hace falta ni mencionarlo.
Y, dicho todo esto, paso a publicar la primera entrada del blog, el cual es un texto que escribí, hace ya bastante tiempo, para Raquel Pozo, mi amiga y compañera de blog.

"Realidad"

“Nunca te des por vencida.
Nunca huyas de la realidad.

Aunque el mundo pueda parecer horrible.
Aunque a veces la vida nos golpee sin ningún motivo.
Aunque las personas se comporten de forma cruel.
Aunque los rostros se oculten bajo máscaras.
Aunque debajo de esas mascaras solo exista hipocresía.
Siempre hay algo por lo que luchar.
Siempre hay algo por lo que reír.
Siempre hay algo por lo que soñar.
Siempre hay algo por lo que vivir.
Siempre.
Cosas puras, profundas, reales.
Ante todo, reales.
Aparentemente inexistentes.
Pero sí.
Sí existen.
Bajo la capa de odio, violencia y rencor.
Son escasas, pero existen.
Existen.
Así que, no te rindas.
Vive dentro de la realidad.
Pues siempre habrá algo.

Algo que te ayudará a continuar hacia adelante.
Algo que te ayudara a afrontarlo todo.
Afrontarlo todo, con una sonrisa.
Así que, sonríe.
Y mañana, seguro, será un buen día.”

Raquel, espero que, de alguna forma, esto te ayude a ver el mundo de otro color, te ayude a no perder el rumbo y, sobre todo, te ayude a encontrar, al menos, un motivo para sonreír cuando más lo necesites.

Gracias por leer.

Saludos,
Pedro.